A veces tengo que tocarme la cara para recordar que existo. Para asimilar que soy un ente tangible y no un montoncito de pensamientos de humo encerrados en carne.

Es una manía. Sé lo que hay debajo de la piel. Todas las fibras entretejidas, las células distintas, los microorganismos sin núcleo aparentemente ajenos al ser humano pero tan nosotros como las neuronas que ordenan moverse a mis dedos al teclear. Aun así, a pesar de haber descifrado y estudiado todos los mecanismos lógicos tras mis acciones (por qué sudo, por qué siento dolor, por qué soy capaz de ver en colores), sigue habiendo una suerte de misticismo en mí que soy incapaz de explicar.

No os confundáis, no creo en Dios. Pero cuando escribo, me parece que si existiera estaría tan lleno de dudas como un autor cualquiera. Este personaje que he creado, ¿es coherente? Lo que dice, ¿tiene sentido? Sus acciones, ¿serán juzgadas con dureza o le querrán? Me imagino a Dios dándole vueltas a Jesús antes de plasmarlo en la página que era Galilea por entonces. “No va a calar”, pensaría. “No existe nadie que proteste tan poco cuando va a ser sacrificado”. Le salió bien. Al parecer al pueblo le gustan los dolientes. Nos gusta ocupar el papel de villanos. Al fin y al cabo, su libro es el más vendido de todos los tiempos.

Hace doce meses, hablaba de mí misma al final de este año. Me imaginaba haciendo recapitulación de 2023. Para cumplir esa especie de predestinación, lo haré: este año ha sido duro, raro e intenso, pero no malo. He estudiado más que nunca, he aprobado una oposición que no me ha valido plaza, aunque sí un trabajo a diez minutos de casa y a tiempo completo que me aburre soberanamente.

Nunca me había aburrido mi trabajo como profesora.

No me quejo. No puedo quejarme. Hay destinos peores.

“El peor trabajo del mundo. El mejor trabajo del mundo”.

Sí, tenían razón.

Mis libros han gustado a la gente y para mí es suficiente. Hace un año y poco recibí un correo devastador de una editorial desgarrando con crueldad no solicitada un manuscrito mío. Habría bastado un “no nos encaja”. En ese momento, leer esas palabras me hundió. Hoy las tengo tatuadas. Lo peor que puede pasarme es que alguien me grite a la cara que soy basura, y ya lo han hecho. Ya no habrá cicatrices nuevas sobre esa, así que no dolerá.

Voy a escribir lo que quiera como quiera siempre que me sea posible. Solo por haber llegado a esa conclusión, estos meses han valido la pena.

Hablaba con una amiga hace poco sobre el cambio que había obrado en nosotras este último año de contacto estrecho con editoriales. “Esos personajes divinos que creíamos son tan idiotas como nosotras”. Digamos que las editoriales no las dirigen dioses, solo personas. Y a menudo, cuanto más arriba, menos percepción tienen del suelo.

Es reconfortante ver a los dioses sangrar y sudar. Una sabe qué tejidos los conforman, qué sustancias segregan, qué células se apelotonan en sus venas, y eso ayuda a dejar de tenerles miedo.

He tenido más contacto con lectores (lectoras, si somos justos) este año más que ningún otro. Me han animado los días, han hecho que creyera más en mí. A veces llego a creer que tengo talento cuando leo lo que me dicen. Les estoy muy agradecida. A ellas, a mis amigas, mi familia, mi pareja. Año tras año, temo que alguien se caiga del barco pero la buena gente sigue ahí. Las charlas eternas, las visitas fugaces, los abrazos apretados y los planes irregulares.

Digamos que si tuviera que resumir el 2023 en una frase sería esta: soy afortunada.

Sí, la suerte es inexplicable. E intocable. No es tangible. Ni siquiera existe. Pero, ignoro por qué, la tengo.

Y la aprovecharé mientras pueda.